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Septiembre

Septiembre

RAÚL GÓNGORAAlcalá la Real

Una tarde más Raquel, desde lo alto de su acantilado, con las piernas colgando al vacío, se acordaba de aquel arcaico profesor de pintura de primero de bachiller y de su insistencia en que hicieran, a la perfección, las tablas de gamas de colores.

El que fuera amarillo estaba ahora fundiéndose a naranja lleno de tonalidades rosas que se entremezclaban con el negro azul de la lejanía del mar, creando una sensación de locura en el horizonte que solo las lágrimas de Raquel sabrían definir.

― No es tan difícil. –Pensaba ella. Tan solo esto y poco más para sentirme un ser vivo, para no sentirme un aparato de cuerda a cada hora de cada día de mis semanas predefinidas.

Respiró hondo, una de esas respiraciones cargadas de realidad sabiendo que, casi a mediados de septiembre ya, el asfalto, la ciudad, los pitidos, las mismas caras, las mismas gentes y sus momentos oxigenados con cuentagotas le esperaban.

Jamás entendió aquel gustazo que sentían los suyos al ver, en la lejanía, la parte alta de la famosa fortaleza que debería haber defendido su pueblo ante las múltiples invasiones, pero que de una forma u otra sucumbió a favor de cada civilización invasora. A Raquel aquella visión de un pasado fronterizo hirviente de actividad y pleito le bañaba el cerebro con agua helada; le limpiaba con cepillo de raíces los colores, que un tal señor llamado Infinito le había prestado las últimas semanas.

Volverían las matemáticas acciones, los pasos ordenados por la madre monotonía y los suspiros internos de sometida racionalidad.

La primera mañana de vuelta al trabajo, instintivamente miró las rejillas de su buzón en el portal y vio que había algo; un papel cuadriculado doblado por la mitad.

— He echado tanto de menos tus abrazos que por las noches trataba de imitarlos, pero no.

Era Luis. Tenían desde hace muchos años una especie de amistad telequinésica y geográficamente imposible. Una de esas amistades que las sientes en el momento que tu corazón necesita ser sentido. Muchas noches, tras alguna gran decepción, Raquel sentía los brazos de Luis y susurraba dándole las gracias. A la mañana siguiente le mandaba un wasaps diciéndole:

— Tu abrazo de anoche me salvó la vida.

Dejando a Luis y a sus kilómetros de distancia, sumidos en una agradable confusión.

De camino al bus urbano, Emilio, el de la furgoneta ambulante de churros, aunque Raquel la había visto siempre en esa misma esquina, todas las mañanas desde que se mudó a su actual barrio, la llamó haciéndole aspavientos con la mano.

— ¡Raquel ven, sabía que volvías hoy y te he guardado la porra más esponjosa de todas las ruedas de churros! Toma anda, que te he preparado un chocolate para llevar con un golpe de canela en lo alto. La realidad bañada en chocolate sabe mucho mejor. ¡Qué tengas un buen día!

— Dos de dos. -Se dijo para sí misma. No ha hecho más que empezar el día y ya han regado mi ahogadiza monotonía. Abrazos de los reales, de los abstractos pero perennes, chocolate caliente y una cálida sonrisa de bienvenida.

— La verdad que en tan solo unos minutos voy apreciando algo de color en este lineal horizonte de asfalto. –pensó Raquel.

Apenas treinta minutos después de que Raquel se incorporara en su despacho de contable de la cooperativa metalúrgica para la que trabajaba, recibió una llamada citándola a mediodía en la sala de juntas. Raquel se temía lo peor, pues aunque ella estaba desde hace unos años como fija, soplaban vientos de cambio y se rumoreaba sobre una posible absorción de una empresa mayor, de ámbito internacional.

Efectivamente, la empresa MetalCrist, había absorbido/comprado, a la cooperativa con la promesa de mantener los puestos de trabajo esenciales e incluso mejorar sus condiciones. A las dos de la tarde los empleados con cargos administrativos recibirán un mail con sus nuevas funciones y condiciones.

La mañana pasó volando entre saludos de los recién llegados de sus vacaciones y los cuchicheos entre despechos de la cooperativa tras los nuevos cambios. Se respiraba cierto nerviosismo cargado de alivio a sabiendas de que nadie sería despedido.

Llegaron las dos del mediodía y con puntualidad británica, saltaba el aviso de e-mail en el ordenador de Raquel. El correo venía en alemán y a continuación en español. Raquel reduciría su jornada partida actual (de 08:00 a 14:00 y de 16:00 a 18:00 de lunes a viernes) a una jornada continua de (08:00 a 14:00) de lunes a jueves. Su nuevo cargo era Jefa de Contabilidad de la Región Sur de España en MetalCrist, con un sueldo inicial de 2600 € más plus de beneficios.

No se lo creía. Al final del e-mail rogaban escanear el documento y reenviarlo firmado si accedían a las nuevas condiciones, confirmando sus datos personales y bancarios.

Raquel no pudo evitar derramar unas lagrimillas discretas de felicidad, había conseguido casi doblar su sueldo actual y reducir su jornada semanal de 40 horas discontinuas a 24 horas continuas matinales ganando un día más de descanso.

Respiró profundamente unos segundos con los ojos cerrados y se transportó, una vez más a su acantilado, a ese momento mágico cargado de tonalidades rojizas y anaranjadas.

Pocos atardeceres se le escaparían ya el resto de sus días. Aquel septiembre se convirtió en una mágica puesta de sol continua cargada de oportunidades y experiencias vitales por venir.

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