Mallo

Mallo

Esa tarde rojiza de octubre, los tres salieron a dar un paseo por los llamados Tajos de Charilla, y de paso disfrutar de los endemismos vegetales que se daban en aquella época del año. A ver los zumaques, en pocas palabras, y para que los ojos y mente de Mallo se fueran familiarizando con lo que sería su entorno habitual.

Aunque Lourdes siempre había defendido con uñas y dientes que la mejor época del año era la primavera, aquella amalgama de colores propios de inicios de otoño calentaba su sangre de una forma especial. Ernesto se daba cuenta de la espiritualidad del momento y la abrazaba contra su pecho, luego la besaba durante un rato. Mientras, al margen de tanto eco-amor, Mallo arrancaba hierbas secas de los bordes de la mantita que sus padres habían extendido en aquel descanso orográfico entre tantos peñones y ancestrales formaciones rocosas. Lourdes y Ernesto frenaron su pasión en seco, los dos a la vez, un sensor del que la naturaleza parece dotar a algunos padres les había hecho notar la ausencia de sonrisas, gemiditos y ruidos propios de una niña de dos años en pleno descubrimiento de la naturaleza y sus posibilidades.

- ¡Mallo, Mallo, Mallo, Mallooooooooo! –gritaban padre y madre al unísono. Luego ella con más fuerza y desesperación, mientras Ernesto se movía rápidamente en círculos cada vez más grandes. – ¡No puede estar muy lejos, tranquila! – Intentaba pensar de forma lógica el geólogo.

Lourdes de pronto notó que por un lateral de la toalla había unas pisadas de pezuñas, pisadas medio profundas. - ¡Un jabalí, un jabalí! –gritó-. – A mi niña se la ha llevado un jabalí. Los dos buscaron desesperados durante unos diez minutos más, hasta que Ernesto llamó al 112 y en menos de 15 minutos dos miembro del SEPRONA ya estaban allí para ver lo sucedido, y una patrulla de la guardia civil local también llegó a lo alto del tajo para supervisar con prismáticos.

- Efectivamente, estas huellas son propias de un jabalí, y a juzgar por la profundidad, y su corto paso, diría que es de una gran hembra, puede que preñada –dijo el más veterano de los dos agentes-.

¡Encuéntrenla, encuéntrenla lo antes posible, por favor! –les dijo Ernesto agarrando el brazo del guardia que había identificado las huellas animales, a la misma vez que agachaba la cabeza en señal de resignación.

El nombre de Mallo venía predeterminado desde antes de su concepción.

Él, apasionado profesor de geología y amante de las salidas de campo y estudio sobre el terreno.

Ella, botánica de profesión y corazón. Obsesionada con la primavera y la floración e inicio del ciclo de la vida botánica en todos los sentidos.

Sol, verde, tierra, movimiento; vida. Su niñita se llamaría Mallo.

Ambos se conocieron en un viaje que hermanaba a alumnos de instituto y alumnos de primero de Medio Ambientales para viajar al Valle del Ebro y estudiar todo lo referente a los ‘mallos’, a esas formaciones geográficas tan peculiares.

Habían intentado que las distancias y los destinos que les iban asignando fueran lo más cercano posibles el uno del otro, siendo el destino definitivo de ambos Alcalá la Real para ella y Alcaudete para él, con lo que el lugar de residencia lo tenían bien claro. Vivirían en este maravilloso pueblo limítrofe de provincias. Ella no tardó mucho en expresar abiertamente a Ernesto las inmensas ganas que tenía de ser madre; y él, de familia numerosa y llena de primos, sobrinos y demás, también sentía de un cierto modo, la llamada de la paternidad. Mallo sería su niñita, su única hija. La educarían en los valores que a ambos los unieron: la naturaleza, la vida y el respeto por todos los seres vivos y el aprovechamiento sin explotación que el ser humano puede hacer de ésta.

Así, en estos casi dos años que llevaban de paternidad, Malló era muy distinta a todas las niñas con las que solía relacionarse en guarderías y parques de Alcalá. Todos aquellos pequeñajos andaban arrastrando coches por el suelo, pateando balones o peinando muñecas y paseando carritos. Pero Mallo no. Mallo olía todas las flores y las miraba fijamente un rato. Le encantaba meter las manos unos segundos en la tierra fresca de cada jardín y después olérselas. Cogía cada bicho que podía con las manos, se quedaba mirándolo fijamente y de nuevo lo soltaba en la tierra. Sus padres y los padres que por allí andaban con sus críos se quedaban estupefactos con la tranquilidad, respeto y disfrute que mostraba esa niñita con todo lo que le rodeaba.

Habían pasado nueve años desde que su hija fuera secuestrada por la naturaleza, así lo expresaba Lourdes, ya sin lágrimas de tantas veces que había contado aquello a lo largo de los años. Ambos, después de un año de excedencia cada uno, decidieron retomar sus vidas. Pero aquellos apasionados de la Geología, la Biología y el planeta Tierra y sus posibilidades nunca brillaron con luz propia como habían hecho aquellos años atrás antes de su fatídica desgracia.

Una mañana de domingo de finales de febrero, una pareja de cazadores removió un gran puñado de ramas y hierbas secas apoyadas en piedras llenas de musgo y barro. Allí descubrió una especie de mini cueva que se había formado por uno de los laterales de aquel conglomerado de rocas altísimas que, a modo de media circunferencia, se vislumbraba, desde lo alto del tajo, según como estuviera la vegetación ese año.

Observaron ida y venida de huellas de jabalí alrededor de la entrada, y también, lo que parecían las huellas de unos pequeños piececillos humanos. Con la linterna y la escopeta cargada y apuntando, avanzaron unos metros hasta que de pronto una especie de rebudio o gruñido se oyó a la vez que algo saltó sobre el cuello del segundo cazador. – ¡No dispares, Juan no dispares! –Gritó el agredido agarrando de los enormes pelos aquella cosa y lanzándola contra el suelo- ¡Es un niño! –dijeron estupefactos los dos a la vez.

- ¡Impresionante! ¿Será…? - ¡Llama al 112, rápido, llama al 112! Gritó el cazador mientras echaba, con todas su fuerzas, su cuerpo para intentar sujetar a aquella criatura, que no paraba de dar patadas, empujones e intentar zafarse de su opresor.

Debajo de aquella capa de yerbascos haciendo de laca biológica en su pelo, y todos aquellos arañazos, polvo y suciedad, se encontraba una auténtica maravilla de la naturaleza regional. Adaptación, supervivencia, desarrollo y, en definitiva, vida, habían bailado cogidos de la mano desde hacía 9 años.