Escuela de Papel (Carta de Amor) por Raúl Góngora

Tranquilo hijo. Ya sabes que mi familia viene de una estirpe hecha a base de maderas de calidad, usando la mejor pulpa para nuestra creación. - le dijo su padre el primer día de ingreso en la Escuela de Papel.

John Papyrus estaba que temblaba de nervios en la entrada de la Escuela de Papel. No era para menos, ese día marcaría sus vidas para siempre. El viejo director de la escuela, aquel marrón y arrugado papel de inicios del siglo XIX, alineaba a los nuevos miembros de la escuela y los seleccionaba según el fin que desempeñarían al acabar el curso. Así, estaban los papeles oficiales; papeles educativos (libros escolares, enciclopedias, diccionarios, cuadernos para dibujo, etc…) y los papeles de libre elección. Estos últimos se subdividián, a mitad de curso, en: papel para cartas personales, simples folios en blanco, y de ahí en adelante hasta el más simple uso que se le podía dar a un papel en blanco. Hasta había una especialización, en la última semana de clase, de cómo ser un buen avión de papel).

John P. lo tenía claro desde hacía tiempo. Él quería ser un papel para carta personal.

No sabe si sería las mil veces que llegó a repetir en su mente ese deseo; las donativos anuales que la familia de su padre hacía a esa Escuela de Papel, o simplemente un golpe del destino. El caso es que aquel viejo lleno de sabiduría dijo, con voz intimidatoria pero descolorida de emociones: - John Papyrus, papel para cartas personales. - Y, del salto de alegría que dió John, unido con la suave brisa que soplaba aquel día en la escuela, por mucho que intentaran tenerla lo más cerrada posible ante cualquier atisbo de viento, pegó en la esquina de la sala donde estaba expectante todo el profesorado.

Pasaron ocho duros meses de aprendizaje, cargados de paciencia e ilusión, desde aquel día lleno de aciertos del destino. John había sido instruido en los distintos tipos de tintas; sistemas de impresión, idiomas y pliegues finales que una carta personal solía llevar. A partir de ahí solo cabía esperar quién acabaría siendo su simbiosis al final del camino. Quién la escribiría. Él ya era feliz con haber conseguido llegar a ser papel para cartas personales, y haber acabado sus exámenes en la Paper Royal School con las mejores calificaciones. Ya solo cabía esperar. Aquella tradicional librería del centro de Southampton, sería la pista de despegue a la gran cometida de su vida. Una, extrañamente soleada, mañana de marzo, una pareja joven entró en la librería, dándose fugaces besos a cada instante, y sin disimular su ebullición por cada rincón de aquel solemne lugar. Ella se acercó a la sección ‘Personal Mailing’ (Correo Personal) y, casi sin mirar cogió el primer folio de papel que había apilado junto a unos sobres a medida. Era el momento de John Papyrus, su esmerado curso había alcanzado sus frutos.

Esa misma tarde, sobre un escritorio cargado de humedad portuaria, y salteado de hendiduras por el paso de los años, aquella joven de piel blanquecina, sin muchos preámbulos, cogió el Bic negro estándar que solía usar para esos menesteres y comenzó a escribir la carta semanal a su novio.

La joven tan solo había comenzado a escribir la fecha en la parte superior, cuando John P. ya chirriaba de emoción y sorpresa ante aquel tacto, aquella tinta negra algo cuajada por el frío del lugar, y aquellas manos y brazos que se frotaban con él, como tantas veces había imaginado en los entrenamientos diarios.

En la Escuela de Papel, una de las reglas fundamentales en las que todos los profesores insistían era la de JAMÁS inmiscuirse en el contenido. El papel era tan solo un orgulloso medio de transporte de sentimientos, emociones, noticias, verdades, mentiras o palabras vacías. Pero jamás de los jamases debían inmiscuirse entre el sujeto que escribe y lo que escribe. Pero para el laureado académicamente John P, el segundo párrafo de aquella injusta carta ya fue la gota que colmaba el vaso. Hacía tan solo unas horas que había visto a aquella joven despedirse con besos apasionados de aquel humano al que llamaba Francis y cuando las frases: «Juan, no sabes lo mucho que te echo de menos; desde que me levanto hasta que acaba el día. No hay un solo minuto que no tenga ganas de abrazarte y besarte de nuevo. Han pasado tan solo unos meses desde que no te veo y me parecen años». aparecieron por su parte central, donde se supone que reside el corazón del mensaje de cada carta, John P, pegó un sutil retemblido y a aquella joven cargada de hipocresía adolescente se le corrió el boli unos centímetros, dejando un pequeño tachón central en el papel. - ¡Maldita mesa vieja! - exclamó la muchacha. - ¡Toma ya! - se dijo John sonriente - - No he nacido yo para ser un portador de engaños.- Se repetía. - Ni mi familia ni mis esfuerzos merecen este uso final.- Esas palabras envenenadas no viajaran conmigo.- Y John, sabedor de que podría ser su triste, pero orgulloso final, pegó un retemblido aún mayor que el anterior, llegando a sacar el bolígrafo de aquella joven, de cruda escritura, de su cuerpo.

Viendo el gran tachón lateral que había sobre el papel, la joven lo cogió de sopetón, lo hizo una bola y lo arrojó a la papelera. John no pudo contener sus lágrimas al verse así. Aun sabiendo que su estructura, quebrada ya, no soportaría un aporte extra de humedad sin destruirse. Alegría por morir por la verdad (su verdad) y dolor por el esfuerzo que había realizado hasta cumplir su sueño, y lo orgullosa que estaba su familia, de nobles papeles, de él.

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